Cuando más es menos

Es bien conocida la anécdota del leñador exhausto de trabajar que no se concede ni la mínima  pausa que le permitiría recuperar el ánimo, renovar fuerzas y …. ¡afilar la sierra! porque está demasiado ocupado serrando. Una historia surrealista que provoca el asomo de una sonrisa. Pero no nos queda tan lejos: también en la escuela vivimos situaciones en las que queriendo más conseguimos menos.

Como las que conlleva el estresado y apresado día a día en que vivimos, que nos impide darnos cuenta que cuanto más deprisa queremos ir, más lentamente avanzamos. Y es que forzar a los niños y niñas, que reclaman su propio ritmo, a correr mucho sin tomar conciencia de nada, no lleva a ninguna parte, sólo cansa intensamente.

O como es el caso de los educadores que  trabajan más y más por cuenta propia, y con ello implican menos y menos a los niños y niñas. La maestra que se lleva fichas para corregir, que resuelve problemas cotidianos del aula, que diseña los murales, que escribe los mensajes en el ordenador… adelanta para retroceder. Dialogar, decidir, compartir, colaborar, participar… ¡es aprender!.

O cuando en el intento de minimizar una incertidumbre inherente al hecho de educar, nos dejamos fascinar por el espejismo de la seguridad y compramos más orden y más sistematización aún a cambio de menos comprensión y menos significatividad. El cuadernillo de cada letra, el de reseguir, el de problemas, el de figura-fondo, el de valores… Primero el 5 y después el 6; hasta que no sepas la a, no pasas a la i…. Si la escuela insiste en partir, aislar, minimizar y ordenar los conocimientos, los banaliza. Y aunque las planificaciones de expertos se permitan prescribir las dosis de información a tomar en cada momento según una presunta lógica universal, las caras de nuestros pequeños reflejan su falta de sentido.

Se podría condensar la idea en una máxima general: cuánto más obsesiva es la preocupación por enseñar, menos se aprende de verdad. Si el esfuerzo en el aula lo invertimos en  procurar situaciones naturales, ricas siempre en oportunidades, nuestras criaturas van a conseguir aprender y desarrollarse, cada cual desde su identidad. Si la preocupación se centra en enseñar-instruir-imponer contenidos concretos en situaciones absurdas, vamos a limitar ampliamente sus posibilidades de entender y participar del mundo.

Nos conviene tomar un respiro y afilar nuestras sierras: perderemos el tiempo para ganarlo.

Pedreira, M. (2006) Cuando más es menos. Cuadernos de Pedagogía, 362

 

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